viernes, 9 de septiembre de 2016

Mi herencia

De mi padre, heredé la belleza.

No, no belleza física. Los dos tenemos narices grandes y ojos hundidos. Heredé belleza de esa que dura hasta después de que la cabeza se queda sin pelo, y las manos se arrugan más que pasitas para ponche navideño.

Mi papá me heredó música y poesía. Me heredó, desde que era una niñita de 5 años a Alberto Cortez, a Mercedes Sosa y a Cabral. Mi papá me sentó en sus rodillas para que escucháramos juntos las letras de Serrat. Así, niña, me pidió que cerrara los ojos, y que me imaginara al metro de la Ciudad de México desde una canción que lo describía como si fuera un extraño regalo:

"Cargando arriba y abajo 
íntimos desconocidos, 
amaneceres y ocasos 
con dirección al olvido."

Cuando tenía 12, compró un aparato de sonido, y puso la novena sinfonía de Beethoven a todo volumen. Los dos nos sentamos en la sala, con tazas de té. Nunca me he sentido más feliz que esa tarde. Era como si de pronto alguien estuviera compartiéndome el secreto de la vida, aunque nunca haya terminado de comprenderlo.

Mi papá me heredó versos de Neruda y gotitas de sabiduría a las que vuelvo todavía de vez en cuando (no hay camino, se hace camino al andar). Me contó de las luchas en Argentina, y del origen de la fuerza de una Mercedes Sosa que canta como montaña. Crecí con un "gracias a la vida" en las entrañas.

Y cuando le dije que me iba a echar a volar, mi padre me escribió una carta corta y bella para recordarme que libertad era elegir aceptando las consecuencias de cada decisión. Su carta fue firme y tajante. Se aseguró, no obstante, de que la belleza me siguiera aún después de dejar el hogar: Cultivó un par de rosales y se aseguró de que llegar a mi nuevo hogar con una rosa fresca cada inicio de semana (te llegará una rosa cada día, que medie entre los dos una distancia...)

De mi padre, de mi bello padre, heredé la belleza de tomar alegrías, dolor y tristezas, y escribirlas en poemas en la orilla de barquitos de papel.


miércoles, 3 de agosto de 2016

Every now and then, I am reminded that I once knew deep pain.
A sound, a word, a flashing memory... Every now and then, usually when I think it's all over, I am reminded that I am still wounded. That I still need to heal. That, maybe, I will be forever healing.

I will be forever healing.

The pain, however, is different everytime. Last week, I even felt a weird kind of joy while remembering my wounds. Today... well... today was different. Today I melted into darkness and resurfaced all bruised and tired.

But it's slowly getting better. It is, right? It must be. At some point, one day, maybe, this particular pain will only be a memory. A fact. A place. A name. And nothing more. One day, this will be reduced to a very complex story. One from which I can get strength, courage and vulnerability.
You know... Today I realized that I no longer remember your face.

Fin de semana

Duele.
Duele a borbotones.
Las heridas son las mismas, aunque se abran diferente.
Soñé con él.
Soñé que estábamos juntos, en un cuarto, y yo le preguntaba si me había sido infiel con Claudia, y él reía y admitía que sí. Soñé que le preguntaba si había habido más chicas, y me decía el nombre de dos más. Soñé que le preguntaba por la llave perdida, y admitía sorprendido que sí la había escondido. Soñé que colapsaba. Soñé que me quedaba a ayudar.
Estoy cansada. No dormí bien.
Norma está débil. Cansada. No durmió bien.
Justo ahora, maneja hacia Pasadena.
¿La última búsqueda en mi celular? "Emergency mental health care in San Jose"
Y una dirección parpadeando en maps: 871 Enborg Ct.
Nos vi llegando allá. Me vi pidiendo un Lyft para llevarnos allá, y otro trayéndome de vuelta.
Me vi sentada en un pasillo de hospital, con mi sudadera de Stanford y un vaso de café malo en la mano, esperando.
Me vi faltando a mi trabajo, y explicando que había tenido que llevar a una amiga al hospital.
De pronto, hablarlo, contarlo, sonaba a un alivio.
Estoy cansada.
Duele. Duele a borbotones.

Encendedor

Abrir. Encender. Apagar. Cerrar.

El click metálico.

1 de la mañana. Mi cuerpo desnudo en tu cama. Tu cuerpo, vestido, en el sillón. Tus dedos en el encendedor. Mis ojos en tus dedos. La mente de ambos, el alma de ambos, todo lo demás de ambos, ahogándose en esa oscuridad infecciosa que nos rodeaba a diario.

2 de la mañana. Mi cuerpo desnudo en tu cama. Tu cuerpo, a medio vestir, en la alfombra. Tus dedos en el encendedor. Mis ojos cansados, en tus dedos. La mente de ambos, el alma de ambos, todo lo demás de ambos, ahogándose en esa oscuridad infecciosa que nos rodeaba a diario.

3 de la mañana. Mi cuerpo desnudo y mojado, en tu cama. Tu cuerpo, desnudo, a lado del mío. Tus dedos en el encendedor. Mi sexo en tus manos. La mente de ambos, el alma de ambos, todo lo demás de ambos, ahogándose en esa oscuridad infecciosa que nos rodeaba a diario.

Abrir. Encender. Apagar. Cerrar.

La oscuridad impregnada en tus dedos. La oscuridad colándose entre mis piernas. Mi cuerpo lleno de oscuridad.

El click metálico.


El click metálico.

martes, 3 de mayo de 2016

Wounds

Tengo, a mis 23 años, una buena y variada colección de heridas.

He descubierto, con el tiempo, que se entrecruzan por debajo de la superficie de mi piel, aún si a simple vista parecieran heridas separadas.

Y entonces, cuando estoy en el trabajo, y hay 3 personas distintas pidiendo mi atención, y mis dos manos no bastan para ayudarlos a todos, se abre, a lado, una herida distinta, más profunda, más dolorosa, y muchas veces tan olvidada que ni la reconozco.

Deslizarme, después de eso, en una mezcla de melancolía y ansiedad, es sencillo.

Dos canciones, una mordida a la manzana dulce que compré ayer, y 30 minutos caminando en el bosquecito que encontré cerca del trabajo. Eso basta. Sólo eso basta para estar de nuevo sumergida en un mar de tristeza, en un mar de dudas... En un mar que, últimamente, me parece dulce y cómodo y plácido y amable. Un mar que, con todo y eso, es doloroso y da miedo.

(There's a reason why most people avoid deep relationships: It is easier to drown once you're 30 feet down)

La mayor parte del tiempo, nado en mi dolor con la cabeza afuera. Respiro amor y alegría y esperanza una vez cada tres latidos del corazón. Me he vuelto experta en descender hasta lo más profundo del dolor, y salir con una broma ligera, o un comentario sin sentido, o alguna tontería inesperada, a llenar mis ojos de luz.

Pero a veces no salgo. A veces me atrapan las ramas en el fondo del lago, o mis piernas dejan de empujarme hacia arriba como deberían. Y me ahogo. Me ahogo hasta quedar inconsciente y aflojar mi cuerpo, y subir de nuevo, no sé bien cómo, y sin sentirlo, a la superficie.

Insensible, entumida. dormida, salgo del dolor para vivir de nuevo en la dulce superficie de la vida.

(Give me the burden, give me the blame, how many Holy Mary's is it going to take?)
Pain. Painful. Pain. Painful. Pain. Painful. Pain. Painful. Pain. Painful. Pain. Painful. Pain. Painful. Pain. Painful. Pain. Painful.

NUMB. NumB. NUMB. numb. NUMB. NumB, NUMB. numb. NUMB. NumB. NUMB

NUMB ENCORE

NUMB ENCORE

NUMB ENCORE

Pain. Labyrinthical pain. Pain that comes over and over again. Hopeless pain. Helpless pain. Power taking pain.

Neverending, ever-extending, self-nourishing pain. 

Spiral pain. Deep pain. So deep it doesn't hurt. Numb encore.

Crippling pain. Pain. Senseless pain. 

I'm lost. I feel so terribly, so deeply lost in this pain.

I'm drowning in my own pain, and breathing just enough to etch a smile on my face.

Why does it hurt so much? How on earth did I give up so much of myself?

I'm hurt. Wounded. Bleeding. 

And still I stand. And still I walk. And still I smile.

Pain. Neverending, ever-extending, crippling pain.


domingo, 13 de marzo de 2016

Quiero armarme

Esta soy yo, reescribiendo un texto para ponerme a mí en el centro.
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Quiero quebrarte.
Quiero mirarte y partirte en pedazos... Matarte, comerte, destruirte, quemarte...
Quiero que se calle tu voz (esa que me dijo te amo... La misma que me insultó incontables veces... Esa voz tranquila y moderada que lo mismo explicaba filosofía que matemáticas)
Quiero quebrar tus dedos, para que ya no escriban. No quiero volver a leer palabras hirientes en una pantalla, ni textos deliciosos como los que a veces enviabas. Quiero partirlos en pedacitos para asegurarme de que no volverán a acariciar mi piel, ni a tomar mi barbilla para robar un beso, ni a hundirse en mis brazos para obligarme a quedarme.
Quiero romper la vena gruesa de tu brazo, para que salpique de sangre las paredes. Quiero que pierdas la elegancia con la que tomabas tus lentes para besarme, y la fuerza con la que me alzabas del piso y me hacías tuya. Quiero quebrar tu hombro para que ya no pueda aprisionarme contra la pared, ni tirar un puñetazo como el que tiraste esa vez.
Quiero sacarte los ojos para que rueden tan inertes como lo fueron siempre. Esos ojos enormes y bellos que jamás pude leer. Quiero lanzarlos por el piso y verlos rodar con desprecio; el mismo con el que rodaban cuando te contaba alguna idea que te parecía tonta (o tan brillante de debías apagarla, para que no brillara más que tú)
Quiero destrozar tu espalda fuerte, arañar la piel hasta que no sea más que jirones empapados de sangre. Quiero que deje de ser ese espacio interminable en el que depositaba mis besos de noche, cuando no podías dormir y yo te amaba hasta deshacerme en besos de ternura.
Finalmente, quiero unir todos los pedacitos de mi alma, y dármelos bañados de amor, como un regalo. Quiero pegarlos con mis lágrimas, pulirlos a besos, acomodarlos uno a uno... Quiero armarme de nuevo y darme alas, ponerme frente a un espejo y hacer que mire lo bella que soy.
Estabas roto y con el filo de tus orillas, me herías. A mí, que me creí siempre fuerte. A mí, que defendí, a capa y espada, la idea de que la violencia era simple, clara, y completamente distinguible. A mí, que juré que tan sólo un mal tono bastaría para darle la espalda a cualquiera que no me respetara.
Pero mi fuerza me cegó, mi espada se volteó en mi contra, y el primer día que gritaste mi nombre emparedado de insultos, me convencí de que lo merecía, de que no era tan importante, de que era sólo por esa vez.
Amarrarse a un ser roto no es simple. Elegir dar la espalda no es sencillo. Encontrar los límites, cuando se está parado en el límite, es casi imposible.
Estabas roto, y con el filo de tus orillas me rompiste. Nos rompimos. Nos abrazamos y nos lanzamos a un abismo del que apenas nos estamos recuperando. Reconocernos rotos fue el primer paso.
¿Por qué? ¿Por qué nunca nos paramos de frente y nos dimos cuenta de lo lastimados que estábamos?
Ahora me lees aquí, queriendo romperte, como si hacerte más pedazos, darte más filos, no fuera darte más orillas que enterrar en mi vientre.
Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta... 
Ojalá pase algo que te borre de pronto. Una luz cegadora, un disparo de niebla...
Ojalá que desaparezcas.

sábado, 2 de enero de 2016

31 de diciembre

8:00 de la mañana. Me despierta una llamada de mi hermano, que está en el otro cuarto, avisándome que mi ex novio está en la reja.

8:30 de la mañana. Miro a través de las cortinas que tejió mi madre, y veo, detrás de la reja, a Mario, y de mi lado, a mi mamá y a mi hermano intentando alejarlo

8:35 de la mañana. Tomo la fría perilla de la puerta, la giro, tiro de ella, y salgo, descalza y en pijama, al patio.

8:40 de la mañana. Decido que me quedaré a hablar con él. Le pido a mi hermano que se quede conmigo.

8:50 de la mañana. Mario quiere un banquito para sentarse. Insiste, usando todas las herramientas posibles, en que le permita entrar, o que salga con él, o que, de alguna forma, estemos más cerca el uno del otro.

9:30 de la mañana. Sale mi padre. Le pide que empiece a despedirse. Yo sé que es decisión mía, pero creo también que ya ha sido demasiado, aún cuando no estemos ni a la mitad de la historia.

10:00 de la mañana. Lo miro, parado en el campo de enfrente de la casa, peleando con la señal de su celular.

10:47 de la mañana. Un correo suyo: Perdóname, perdóname. Vuelve y todo será diferente.

11:00 de la mañana. Mi mamá sube a mi cuarto con un té y galletas de las que preparamos mi hermano y yo el día anterior.

11:20 de la mañana. Después de todas las llamadas, cierro los ojos, y me hago bolita en mi cama. Me quedo dormida.

2:09 de la tarde. Entra una llamada a mi celular, del Consulado de México en San José. Se abrió una plaza. Está disponible para mí desde el 1 de enero. Debo decidir ya.

3:35 de la tarde. Envío un correo aceptando. Acabo de tomar una de las decisiones más importantes de mi vida.