sábado, 22 de abril de 2017

Escribir y bailar

¿Cuál es el equivalente de bailar cuando se trata de tinta y papel? 

Quiero bailar mientras escribo, sin moverme. ¿Cómo se le hace para que, al escuchar una canción, la mente se deje ir, y siga simplemente los sonidos y el ritmo?

Pareciera algo imposible. Escribir implica palabras. Y las palabras, cuando no se piensan con calma, pueden doler, profundamente. Como esa vez que bailé frente al espejo y el piso terminó lleno de mis lágrimas.

Estoy sensible y ligeramente adolorida. Es ese dolor suavecito que conozco. Justo el dolor que siento cuando todavía estoy más en la superficie que en la verdadera fuente del problema.

Aquí, con mis pies metidos apenas en el agua, con mis rodillas, todavía secas, puedo ver el horizonte y es bello.

De pronto, estoy en contacto con todo. Viento en mis pulmones, agua en mis rodillas, tierra bajo mis pies, y ese fuego que me fue dado al nacer y que no se cansa de arder entre mis costillas.

Aquí, ni un paso más adentro, estoy bien y a salvo. Aquí puedo sonreír y dejar salir una lágrima chiquita y sanadora. Desde aquí, puedo todavía escribir algo.

Dos pasos más adelante, y ya no hay forma de respirar (porque este mar extraño en el que suelo nadar, es intenso y traicionero, lleno de corrientes y pendientes inclinadísimas). Dos pasos más adelante, y alguien va a tener que venir a salvarme, o voy a ahogarme hasta quedarme dormida, para despertar mañana cuando el dolor se haya aflojado lo suficiente para dejarme volver a la superficie.

Desde aquí, no obstante, todo lo siento más intensamente. Y entonces siento con más fuerza la belleza de la vida a mis espaldas. Siento, con más fuerza, la esperanza de la vida que se abre frente a mí. Desde aquí, siento mejor todas las cosas buenas que me han dado mis padres desde que nací. Desde aquí me siento más amada, más afortunada, más bendecida.

Me gusta este pedacito de mi mar: Ni un paso más hacia adelante, ni un paso más hacia atrás.

Vamos conociéndonos, mi mar y yo. Porque la verdad es que somos uno solo. Conocerlo es conocerme. Y él… bueno, ya me conoce bien a mí (por eso me aterra tanto).

Fluir con la música… Tinta y papel… Teclas en la computadora…

Fluir.

Bailar sin moverme. Las palabras también se mueven. Hay ritmo en las olas que chocan contra mis piernas. Hay sonido en los espacios que dejo entre palabra y palabra. Suenan al viento que sopla, a la flauta que toca en la canción que escucho ahora.

Una pirueta, una media vuelta, dos pasos al frente. Se acaba la canción y yo salgo del mar, para escribir algo que es menos como bailar, pero más como crecer y avanzar: mi tesis.

Women in my family

Women in my family have one thing in common:
Las mujeres de mi familia tenemos algo en común:
Half an inch into the skin,
Un par de centímetros bajo la piel,
a bit left from the meeting point of our breasts,
poquito a la izquierda del pecho,
lives a never extinguished flame.
guardamos un fuego que no se apaga.

We were given, from our birth,
Nos fue dado, al nacer,
a small hearth within our chests.
un pequeño hogar para guardarlo en nuestro pecho.
And we were taught, almost at once,
Y nos enseñaron, casi en seguida,
how to kindly kindle it, for our sakes.
cómo encenderlo con ternura, por nuestro bien y el de los nuestros.

No wound can break it.
No disdainful iciness can cool it.
No sorrow can quench it.

The women in my family
(my mom, my grandma, my aunts and I)
have all been hurt.

We have all cried rivers down our chests
Felt the icy gust of disdain from a lover's eyes
Had a friend stab us in the back.

No matter.

We don't collapse. We don't go cold. We don't drown.

The women in my family
(my mom, my grandma, my aunts and I)

Take the pain and turn it into more fuel for our heart(h)s.


martes, 11 de abril de 2017

Triggers

Las heridas están en capas, como las cebollas.

Después de una cesárea, le piden a la mujer recién operada que camine mucho. Herida recién abierta, las ves en los pasillos de los hospitales, de la mano de amigos y familiares, caminando con pasos pesados y lentos.

La idea básica detrás de esto es que si no se mueven, las capas de piel y músculo se adhieren entre ellas, y entonces, cuando la vida vuelve a la normalidad y exige la misma movilidad que antes, las heridas vuelven a abrirse.

Yo fui herida también. Y mi herida sanó. Y caminé, tanto como pude, de la mano de amigos y familiares. Y me moví (lejos, a 3000 kilómetros de distancia).

Con todo y eso, hay todavía pedacitos del tejido de mi corazón que no se hilaron correctamente. Y a veces, como hoy, escucho una historia hermana, y la herida se abre, y me muestra cómo, por dentro, muchas cosas todavía no están bien acomodadas.

La herida de hoy fue la de la distancia. Fue la de huir de la tierra a la que uno ama. Y es una herida que está entrelazada con el miedo; con el genuino temor de que no habrá forma de sobrevivir si una se queda en donde está. Es una herida que te sigue aunque te muevas, porque la llevas en ti. Pasaste mucho tiempo dándole vueltas al tema y entrelazaste todo ese dolor, con una extraña e irracional sensación de culpa.

A la chica con la que hablé hoy la violaron seis hombres, al mismo tiempo. Ella peleó tanto como pudo contra los primeros 5. Contra el sexto, ya no opuso resistencia. Todavía, de vez en cuando, tiene que luchar contra el pensamiento de haber sido "una prostituta" ¿Cómo es que no luchó contra el sexto? El sentimiento de culpa es real, aunque racionalmente ese pensamiento sea casi absurdo.

Yo estuve con Mario mucho tiempo. Demasiado tiempo. Viví muchas cosas con él. Y aún a veces me pregunto si mucho de lo que viví fue mi culpa. Si estuvo mal. Si haber robado su cartera esa mañana restaba a mi honestidad. Si haberlo empujado esa tarde me hacía a mí la violenta. Si ese extraño sadismo que vivimos algunas noches, hablaba de algún tipo de desorden bien adentro de mí.

Las heridas están en capas, como las cebollas. Yo, para sanar, camino. Camino lejos. Bien lejos. Y cuando mis heridas se abren y sangran, camino más fuerte, más lejos, más en serio.

Algún día, caminando, llegaré a casa.

domingo, 9 de abril de 2017

Teoría General de mi relación con Mario

El método empleado es el de la experimentación directa. El aparato crítico está compuesto en su totalidad por fuentes primarias (todo el dolor, y la pasión, y la angustia, y la absurda felicidad, las experimenté en carne propia.)

Los supuestos iniciales son los de las historias de siempre: Un chico y una chica que se conocen, en alguna de las irrelevantes formas en las que un par de personas pueden conocerse. El amor, que en este caso no fue a primera vista, nació como producto de una pasión carnal. Nació, sin dudarlo, del deseo.

La embriaguez (en ella de libertad, y en él de alcohol) los llevó a un beso. En instantes, el beso se volvió frenesí de cuerpos. Ambos, atados ya por el conjuro de la clase de filosofía, estaban condenados a empezar una relación con un ser roto, cuyas astillas encajaran perfectamente en las hendiduras del otro.

Tras el primer choque, existieron los naturales “sólo como amigos”, “no podré verte igual”… Y, entre estas frases, el coqueteo sutil de quien no cree lo que dice, y quiere probar más. Pasó menos de un mes para que, en una escapada, en lo alto de una fortaleza, acordaran iniciar la relación. Qué poco sabían entonces de las murallas y corazas que cada uno escondía en su interior.

Y entonces empezó el juego de sube y baja. Las altas, que fueron muchas, fueron puntos luminosos de amor, locura y alegría. Las bajas empezaron tarde y suaves, y acabaron siendo terriblemente profundas: Una noche, un insulto. Otra noche y gritos. Una noche más y un intento de suicidio. Golpes, llanto, él de rodillas, ella, perdida, insensible, porque sentir era derrumbarse. El desgarro inicial se volvió abismo.

La ambición de control en ella encontró a su compañero perfecto en la habilidad para manipular de él. Encajaban, en la forma más perversa y dañina posible. Y no sabían ya escapar el uno del otro. A la historia entraron (invitados por ambos) innumerables actores, de todo tipo. La invitación la escucharon también los monstruos que él había tenido siempre cautivos. Y salieron para hacer de sus mundos, infiernos.

Cuando la situación fue insoportable, terminaron, y luego volvieron. El punto de quiebre se dio muchas veces. Los cierres, los adioses, los te quieros, se pronunciaron hasta en el silencio. Inventaron cien justificaciones diferentes, cien modos distintos, de reencontrarse…

Hasta que un día, ella aprendió una nueva palabra, y se dio cuenta de que describía este juego perfectamente: Violencia.

En la experimentación directa, investigadora y sujeto de estudio salieron casi destruidos. Después de tres años, quedaban sólo pedazos de lo que fueron. A distancia, se reconstruyen, cada uno a su modo. Siguen (al menos ella) sin poder sacar conclusiones.

martes, 28 de febrero de 2017

Rodrigo

Here's to beauty.
Here's to joy.
Here's to light.
Here's to minutes that felt like ages. Hours that would end in a minute.
Here's to sweet and simple and light and easy love.

¡Qué bello fue! Pero quedarnos más tiempo en este limbo era casi garantía de que veríamos al jardín marchitarse y morir.

Mejor alejarnos ahora.

Here's to beauty. Here's to light. Here's to God pulling people together and then pulling them appart.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Al final del día...

Tiene 94 años, y la semana pasada se escapó de su casa y se perdió... tres veces.

Sentado frente a mi escritorio, sombrero campesino en la cabeza, manos morenas, arrugadas y fuertes, espera.

Su hija pelea, grita, se enoja, discute, dice groserías. Está enojada y frustrada y cansada de las responsabilidades que le han tocado.

De pronto, él me mira. Y me mira en serio. Una de esas miradas en las que no hay duda que la otra persona de verdad, de verdad, está mirándote.

Y así, sosteniendo la mirada, ignorando a su hija, empieza a contarme de su pueblo en Guanajuato. "Mi padre me dijo que nací el 22 de marzo de 1922..."

Tiene 94 años, ha perdido casi toda la memoria, pero recuerda bien cinco cosas: a su padre, a su pueblo, dos poemas, y la danza de "El Loco" con la que conoció a su esposa.




viernes, 9 de septiembre de 2016

Mi herencia

De mi padre, heredé la belleza.

No, no belleza física. Los dos tenemos narices grandes y ojos hundidos. Heredé belleza de esa que dura hasta después de que la cabeza se queda sin pelo, y las manos se arrugan más que pasitas para ponche navideño.

Mi papá me heredó música y poesía. Me heredó, desde que era una niñita de 5 años a Alberto Cortez, a Mercedes Sosa y a Cabral. Mi papá me sentó en sus rodillas para que escucháramos juntos las letras de Serrat. Así, niña, me pidió que cerrara los ojos, y que me imaginara al metro de la Ciudad de México desde una canción que lo describía como si fuera un extraño regalo:

"Cargando arriba y abajo 
íntimos desconocidos, 
amaneceres y ocasos 
con dirección al olvido."

Cuando tenía 12, compró un aparato de sonido, y puso la novena sinfonía de Beethoven a todo volumen. Los dos nos sentamos en la sala, con tazas de té. Nunca me he sentido más feliz que esa tarde. Era como si de pronto alguien estuviera compartiéndome el secreto de la vida, aunque nunca haya terminado de comprenderlo.

Mi papá me heredó versos de Neruda y gotitas de sabiduría a las que vuelvo todavía de vez en cuando (no hay camino, se hace camino al andar). Me contó de las luchas en Argentina, y del origen de la fuerza de una Mercedes Sosa que canta como montaña. Crecí con un "gracias a la vida" en las entrañas.

Y cuando le dije que me iba a echar a volar, mi padre me escribió una carta corta y bella para recordarme que libertad era elegir aceptando las consecuencias de cada decisión. Su carta fue firme y tajante. Se aseguró, no obstante, de que la belleza me siguiera aún después de dejar el hogar: Cultivó un par de rosales y se aseguró de que llegar a mi nuevo hogar con una rosa fresca cada inicio de semana (te llegará una rosa cada día, que medie entre los dos una distancia...)

De mi padre, de mi bello padre, heredé la belleza de tomar alegrías, dolor y tristezas, y escribirlas en poemas en la orilla de barquitos de papel.