miércoles, 19 de septiembre de 2018

Bow tie

Una corbata de moño deshecha sobre una camisa blanca. La última vez que vi un par de corbatas así fue la semana pasada, después de una delicia de concierto. Luis, Rodrigo, varios amigos y yo fuimos a comer ramen, vestidos de gala. Al calor del restaurante de comida japonesa, Luis deshizo su corbata, y luego desamarró el moño de Rodrigo. Comieron felices, tranquilos. Ese día no me acordé de ti.

Hoy sí. Es miércoles y trabajo tan rápido como puedo. De fondo puse un concierto de jazz. Entre una tarea y otra, abrí la ventana con el video, y ahí estaba: una corbata de moño desabrochada sobre una camisa blanca. Esta vez no había ramen, ni amigos, ni ese ambiente relajado que tanto disfruté la semana pasada. Aquí, en la oficina, estresada y escuchando jazz (tu música favorita), la corbata en seguida me recordó a ti.

La verdad, no recuerdo bien cuándo fue que te vi así, en mangas de camisa, con la corbata deshecha alrededor del cuello, los lentes negros de pasta y la sonrisa un poco torcida. La imagen me supo en seguida a whisky y habano. La sentí en la piel, como humedad.

Te vi a ti.

¿Será el recuerdo de la noche después de la gala a la que fuimos en el centro de la ciudad? ¿De la noche después de mi graduación? ¿Otra noche?

Verte en el video dolió. Fue un golpe de emociones inesperadas. La primera, justo después de la sorpresa, fue (lo confieso), un profundo extrañarte. A esa la siguió una tristeza inmensa, y luego dolor. Sólo dolor. Olas y olas de dolor.

Healing comes in waves... Like pain.

Creo que fue la graduación. Esa noche que yo sabía que sería la última aunque tú no lo supieras. Esos besos (los últimos) en la oscuridad de la casa en la que vivimos, las caricias sobre la mesa del comedor (la misma, por cierto, donde conocí a la que sería después tu novia), mi vestido largo, azul, extendido bajo la luz de la lámpara callejera. Esa noche, donde la contradicción que llevé en mí por casi un mes se hizo más obvia: La yo que te odiaba y te temía, la que había dado todos los pasos para salir de la relación, contra la yo que aún te amaba dulce y dolorosamente.

Hoy vi el moño de corbata desabrochado y me doliste Mario. Dejaste en mí un campo minado de recuerdos agridulces, y las minas explotan hasta en mi trabajo. Pero no te preocupes, poco a poco, me voy limpiando.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Aeropuertos

Estoy en Denver, Colorado, aunque en realidad, podríamos decir que estoy en tierra de nadie. Algo tienen los aeropuertos que saben un poco al lugar en el que están, pero saben más a todos los lugares en los que no están. Nadie llega al aeropuerto pensando en el aeropuerto mismo, sino en el destino. Todos traemos otro nombre escrito en el boleto que cargamos en el bolsillo.
Más raros todavía son los aeropuertos de conexión. Ni destino, ni llegada... son corazones partidos. Este aeropuerto, por ejemplo, me sabe a un corazón roto y regado por todo Estados Unidos: un pedazo en Dallas, otro en Las Vegas, otro en Pasadena, otro en San José, otro en San Francisco... Esto de las relaciones a distancia ha dejado suficientes corazón-semillas por este país como para alimentar a dos generaciones de escritoras dramáticas...
Camino por el pasillo y cada puerta promete un destino nuevo. A veces viajar es emocionante, pero esta vez no lo es. Siento esa cosquilla familiar del "¿qué tal sí?" ¿Qué tal si mejor tomo un avión a Los Ángeles y la espero en su casa? ¿Qué tal si me escapo a Montreal, que sé que es bellísimo en verano? ¿Qué tal si regreso al avión en el que llegué y me rehúso a salir hasta que me lleven de vuelta a Las Vegas?
A veces, estar sola es emocionante. Pero esta vez no lo es. Me siento sola y duele. Duele tanto, que querría tomar este aparato desde el que te escribo (un celular pequeño, ligero, aerodinámico, perfecto) y lanzarlo contra la sonrisa blanquísima de la mujer que anuncia perfume en el espectacular frente a mí. 
Si pudiera, si me prometieran que va a doler menos que lo que duele estar sin ti de nuevo, correría a toda velocidad y me estrellaría contra el cristal de esa vitrina en la que venden vestidos bonitos. Las emociones son indicadores y mi actual enojo (destructivo, explosivo, bestial) indica una sola cosa: Te extraño.
A eso se suma que sí, francamente, ya me cansé de estar sola. 
Sola de nuevo. So la. Como las teclas en un piano (sol, la)... con la muy importante diferencia de que ellas son dos, y van entrelazadas, como nuestras piernas cuando dormimos semidesnudas en mi cama (empiernadas, qué bella palabra). 
No quiero volver a casa y darme cuenta, de golpe, que ya no estás. No me molestaría para nada equivocarme de avión y terminar de vuelta en el aeropuerto de Las Vegas (con todo y las máquinas de casino). Ese aeropuerto, por lo menos, me sabe más a ti que a corazón roto. 
Pero no, es casi imposible equivocarme de avión cuando hay tan pocos, y el nombre en mi bolsillo está escrito tan claramente. 
Voy a casa amor, a mi casa, la que fue nuestra todo este mes. Voy a casa y abriré la puerta, y tú no estarás ahí. Voy a casa y el sillón está vacío , y en mi cama no hay más que una almohada alargada a la que abrazarme hasta la madrugada.
¿Y si mejor me quedo aquí, en tierra de nadie, cierro los ojos, y nos imagino abrazadas?