viernes, 5 de julio de 2019

Deshacerse en arte


A los artistas debería concedérseles una muerte distinta: En lugar de un último segundo frente a las luces de un automóvil a toda velocidad, o el último estertor de muerte en una cama de hospital, debería concedérseles morir deshaciéndose en arte.

Todas las personas a las que aman y que les amaron reunidas, un escenario bien iluminado y, al centro, el artista cantando, deshaciéndose en notas. Regalándose a los que están presentes (a los que sí estuvieron, porque muchas veces olvidamos estar ahí, o estamos con prisas). Desapareciendo lentamente frente a los ojos de quienes lo quieren, y quedándose hecho canción dentro de quienes escucharon.

¡Qué coraje! ¡Qué tristeza! ¿Por qué permitir que tanta belleza, tanta luz, acabe en un instante oscuro?

Pensándolo bien, quizá sí es así como mueren los artistas. Sólo que es más lento. Menos obvio. Quizá nacen plenos de arte y de muerte, y se van regalando al mundo. El mundo a veces no les escucha.

Ayer fui a la misa de un artista. Un hombre mágico, dijo su padre. Yo no lo conocí. No estuve ahí cuando cantó en Plaza Roja. Pero me parece haberlo escuchado: su canción resuena, sin lugar a dudas, en los corazones de quienes le amaron.

lunes, 8 de abril de 2019

Cecy la Grande

Ocurre entonces, que hay un rol que aprendí a jugar muy bien desde niña: el rol de Cecy la Grande.

Viví los primeros 17 o 18 años de mi vida como en juego de Mario Kart, donde yo tenía una estrellita de esas que hacen que vayas extra rápido y nada pueda golpearte.

Fue más claro después de ese día en el que me di cuenta de que vivir no tenía mucho sentido. Ese día, en el que pensé en suicidarme y me detuve sólo porque no iba a poder llevármelos a todos conmigo. Después de ese día, decidí volcarme hacia afuera (naranja son mis alas, porque naranja es la gente...) Me concentré en las personas que me rodeaban. Daba clases. Me inventaba organizaciones. Ayudaba a mis padres... Hasta que ya no alcancé a cubrirlo todo y colapsé cuando entré al ITAM (...me quedé sin gente y me quedé sin alas).

Volcándome hacia afuera, yo era siempre la más grande. La mejor. No había cosa que intentara en la que no fuera excelente. Y parecía sencillo. Sencillísimo.

Hoy descubrí, no obstante, que tuvo un costo grande (como Cecy la Grande): me desconecté de mí. Y cuando tuve (porque todos terminamos teniendo que) mirar hacia dentro, ya no encontraba mucho de la Cecy a secas.

De ahí las tardes tristes, sin motivo aparente. De ahí lo difícil de elegir un área. Una carrera. Una pareja.

Dejé de verme a mí.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Ansiedad raiz

La más salvaje alegría puede, sin duda, desencadenar dolor más demoledor.
Alegría, dolor, tristeza... Todas son emociones conectadas por una misma raíz, como ese pasto testarudo que hay que arrancar alrededor de los árboles pequeñitos.
En la raíz estás tú.
¿Cómo te metiste tan dentro? ¿Cómo te borro, cuando tus trazos y los míos se confundieron mientras me dibujaba?
Me estaba armando cuando te conocí. Y te dejé entrar hasta lo más hondo. Cuando me escribí, tu mano estaba sobre la mía, dirigiendo la pluma.
La tinta que corre por mis venas trae mezclada sangre tuya. Lágrimas tuyas. Saliva, desprecio y poesía.

Me dolerás todavía muchas veces... Leo el poema una y otra vez y me dueles en cada verso. Porque es cierto. Porque dueles una y otra y otra y otra vez. Porque cuando creo que ya no existes, apareces de nuevo.

Hoy comí y bebí y reí. Salí a caminar por la plaza de la ciudad que más amo. El sol jugaba a esconderse en el encaje de mi vestido favorito. Helado en mano, me sentía absolutamente feliz e invencible.
Y de pronto, toda la alegría se desmoronó para revelar un esqueleto de dolor. De amor podrido. De dolor rancio. De ira.
De ira.
Aún te resiento.
Dejé esta ciudad a la que amo para poner una frontera entre tú y yo.
Me negué esta salvaje alegría durante dos años y ahora que la tengo, me sabe más a ti que a lo que saboreo.
Aún estás.
Y te detesto por eso.