domingo, 13 de marzo de 2016

Quiero armarme

Esta soy yo, reescribiendo un texto para ponerme a mí en el centro.
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Quiero quebrarte.
Quiero mirarte y partirte en pedazos... Matarte, comerte, destruirte, quemarte...
Quiero que se calle tu voz (esa que me dijo te amo... La misma que me insultó incontables veces... Esa voz tranquila y moderada que lo mismo explicaba filosofía que matemáticas)
Quiero quebrar tus dedos, para que ya no escriban. No quiero volver a leer palabras hirientes en una pantalla, ni textos deliciosos como los que a veces enviabas. Quiero partirlos en pedacitos para asegurarme de que no volverán a acariciar mi piel, ni a tomar mi barbilla para robar un beso, ni a hundirse en mis brazos para obligarme a quedarme.
Quiero romper la vena gruesa de tu brazo, para que salpique de sangre las paredes. Quiero que pierdas la elegancia con la que tomabas tus lentes para besarme, y la fuerza con la que me alzabas del piso y me hacías tuya. Quiero quebrar tu hombro para que ya no pueda aprisionarme contra la pared, ni tirar un puñetazo como el que tiraste esa vez.
Quiero sacarte los ojos para que rueden tan inertes como lo fueron siempre. Esos ojos enormes y bellos que jamás pude leer. Quiero lanzarlos por el piso y verlos rodar con desprecio; el mismo con el que rodaban cuando te contaba alguna idea que te parecía tonta (o tan brillante de debías apagarla, para que no brillara más que tú)
Quiero destrozar tu espalda fuerte, arañar la piel hasta que no sea más que jirones empapados de sangre. Quiero que deje de ser ese espacio interminable en el que depositaba mis besos de noche, cuando no podías dormir y yo te amaba hasta deshacerme en besos de ternura.
Finalmente, quiero unir todos los pedacitos de mi alma, y dármelos bañados de amor, como un regalo. Quiero pegarlos con mis lágrimas, pulirlos a besos, acomodarlos uno a uno... Quiero armarme de nuevo y darme alas, ponerme frente a un espejo y hacer que mire lo bella que soy.
Estabas roto y con el filo de tus orillas, me herías. A mí, que me creí siempre fuerte. A mí, que defendí, a capa y espada, la idea de que la violencia era simple, clara, y completamente distinguible. A mí, que juré que tan sólo un mal tono bastaría para darle la espalda a cualquiera que no me respetara.
Pero mi fuerza me cegó, mi espada se volteó en mi contra, y el primer día que gritaste mi nombre emparedado de insultos, me convencí de que lo merecía, de que no era tan importante, de que era sólo por esa vez.
Amarrarse a un ser roto no es simple. Elegir dar la espalda no es sencillo. Encontrar los límites, cuando se está parado en el límite, es casi imposible.
Estabas roto, y con el filo de tus orillas me rompiste. Nos rompimos. Nos abrazamos y nos lanzamos a un abismo del que apenas nos estamos recuperando. Reconocernos rotos fue el primer paso.
¿Por qué? ¿Por qué nunca nos paramos de frente y nos dimos cuenta de lo lastimados que estábamos?
Ahora me lees aquí, queriendo romperte, como si hacerte más pedazos, darte más filos, no fuera darte más orillas que enterrar en mi vientre.
Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta... 
Ojalá pase algo que te borre de pronto. Una luz cegadora, un disparo de niebla...
Ojalá que desaparezcas.