Estoy en Denver, Colorado, aunque en realidad, podríamos decir que estoy en tierra de nadie. Algo tienen los aeropuertos que saben un poco al lugar en el que están, pero saben más a todos los lugares en los que no están. Nadie llega al aeropuerto pensando en el aeropuerto mismo, sino en el destino. Todos traemos otro nombre escrito en el boleto que cargamos en el bolsillo.
Más raros todavía son los aeropuertos de conexión. Ni destino, ni llegada... son corazones partidos. Este aeropuerto, por ejemplo, me sabe a un corazón roto y regado por todo Estados Unidos: un pedazo en Dallas, otro en Las Vegas, otro en Pasadena, otro en San José, otro en San Francisco... Esto de las relaciones a distancia ha dejado suficientes corazón-semillas por este país como para alimentar a dos generaciones de escritoras dramáticas...
Camino por el pasillo y cada puerta promete un destino nuevo. A veces viajar es emocionante, pero esta vez no lo es. Siento esa cosquilla familiar del "¿qué tal sí?" ¿Qué tal si mejor tomo un avión a Los Ángeles y la espero en su casa? ¿Qué tal si me escapo a Montreal, que sé que es bellísimo en verano? ¿Qué tal si regreso al avión en el que llegué y me rehúso a salir hasta que me lleven de vuelta a Las Vegas?
A veces, estar sola es emocionante. Pero esta vez no lo es. Me siento sola y duele. Duele tanto, que querría tomar este aparato desde el que te escribo (un celular pequeño, ligero, aerodinámico, perfecto) y lanzarlo contra la sonrisa blanquísima de la mujer que anuncia perfume en el espectacular frente a mí.
Si pudiera, si me prometieran que va a doler menos que lo que duele estar sin ti de nuevo, correría a toda velocidad y me estrellaría contra el cristal de esa vitrina en la que venden vestidos bonitos. Las emociones son indicadores y mi actual enojo (destructivo, explosivo, bestial) indica una sola cosa: Te extraño.
A eso se suma que sí, francamente, ya me cansé de estar sola.
Sola de nuevo. So la. Como las teclas en un piano (sol, la)... con la muy importante diferencia de que ellas son dos, y van entrelazadas, como nuestras piernas cuando dormimos semidesnudas en mi cama (empiernadas, qué bella palabra).
No quiero volver a casa y darme cuenta, de golpe, que ya no estás. No me molestaría para nada equivocarme de avión y terminar de vuelta en el aeropuerto de Las Vegas (con todo y las máquinas de casino). Ese aeropuerto, por lo menos, me sabe más a ti que a corazón roto.
Pero no, es casi imposible equivocarme de avión cuando hay tan pocos, y el nombre en mi bolsillo está escrito tan claramente.
Voy a casa amor, a mi casa, la que fue nuestra todo este mes. Voy a casa y abriré la puerta, y tú no estarás ahí. Voy a casa y el sillón está vacío , y en mi cama no hay más que una almohada alargada a la que abrazarme hasta la madrugada.
¿Y si mejor me quedo aquí, en tierra de nadie, cierro los ojos, y nos imagino abrazadas?
Algunas reflexiones, uno que otro video y muchos textos saliendo del desastre de mi mente
miércoles, 1 de agosto de 2018
sábado, 22 de abril de 2017
Women in my family
The women in my family,
Las mujeres de mi familia
short, tall, old and young,
chaparritas, altas, viejas y jovencitas,
all have one thing in common:
tenemos algo en común:
Half an inch underneath our skin,
Un par de centímetros bajo la piel,
slightly left from the meeting point of our breasts,
poquito a la izquierda del pecho,
we harbor an everlasting flame.
guardamos un fuego que no se apaga.
We were given, from our birth,
Nos fue dado, al nacer,
a small hearth within our chests,
un pequeño hogar para guardarlo en nuestro pecho,
with instructions detailing
y las instrucciones precisas
when to add firewood
para agregar madera
when to blow
por nuestro bien y el de los nuestros.
and when to simply sit by the fireplace and rest.
Mother to daughther,
we pass down our flame.
A flame no wound can extinguish
A flame no disdain can douse
A flame no sorrow can dampen
The women in my family
(my mom, my grandma, my aunts and I)
have all been hurt.
We have all cried salty rivers down our chests
felt the empty disdain of a lover's eyes
Had a friend stab us in the back.
And still
We don't crumble. We don't grow hollow.
The women in my family
(my mom, my grandma, my aunts and I)
On the hour of our birth
Were given a heart fit for embers
An ever warm, pain consuming, hearth.
Las mujeres de mi familia
short, tall, old and young,
chaparritas, altas, viejas y jovencitas,
all have one thing in common:
tenemos algo en común:
Half an inch underneath our skin,
Un par de centímetros bajo la piel,
slightly left from the meeting point of our breasts,
poquito a la izquierda del pecho,
we harbor an everlasting flame.
guardamos un fuego que no se apaga.
We were given, from our birth,
Nos fue dado, al nacer,
a small hearth within our chests,
un pequeño hogar para guardarlo en nuestro pecho,
with instructions detailing
y las instrucciones precisas
when to add firewood
para agregar madera
when to blow
por nuestro bien y el de los nuestros.
and when to simply sit by the fireplace and rest.
Mother to daughther,
we pass down our flame.
A flame no wound can extinguish
A flame no disdain can douse
A flame no sorrow can dampen
The women in my family
(my mom, my grandma, my aunts and I)
have all been hurt.
We have all cried salty rivers down our chests
felt the empty disdain of a lover's eyes
Had a friend stab us in the back.
And still
We don't crumble. We don't grow hollow.
The women in my family
(my mom, my grandma, my aunts and I)
On the hour of our birth
Were given a heart fit for embers
An ever warm, pain consuming, hearth.
martes, 28 de febrero de 2017
Rodrigo
Here's to beauty.
Here's to joy.
Here's to light.
Here's to minutes that felt like ages. Hours that would end in a minute.
Here's to sweet and simple and light and easy love.
¡Qué bello fue! Pero quedarnos más tiempo en este limbo era casi garantía de que veríamos al jardín marchitarse y morir.
Mejor alejarnos ahora.
Here's to beauty. Here's to light. Here's to God pulling people together and then pulling them appart.
Here's to joy.
Here's to light.
Here's to minutes that felt like ages. Hours that would end in a minute.
Here's to sweet and simple and light and easy love.
¡Qué bello fue! Pero quedarnos más tiempo en este limbo era casi garantía de que veríamos al jardín marchitarse y morir.
Mejor alejarnos ahora.
Here's to beauty. Here's to light. Here's to God pulling people together and then pulling them appart.
miércoles, 22 de febrero de 2017
Al final del día...
Tiene 94 años, y la semana pasada se escapó de su casa y se perdió... tres veces.
Sentado frente a mi escritorio, sombrero campesino en la cabeza, manos morenas, arrugadas y fuertes, espera.
Su hija pelea, grita, se enoja, discute, dice groserías. Está enojada y frustrada y cansada de las responsabilidades que le han tocado.
De pronto, él me mira. Y me mira en serio. Una de esas miradas en las que no hay duda que la otra persona de verdad, de verdad, está mirándote.
Y así, sosteniendo la mirada, ignorando a su hija, empieza a contarme de su pueblo en Guanajuato. "Mi padre me dijo que nací el 22 de marzo de 1922..."
Tiene 94 años, ha perdido casi toda la memoria, pero recuerda bien cinco cosas: a su padre, a su pueblo, dos poemas, y la danza de "El Loco" con la que conoció a su esposa.
Sentado frente a mi escritorio, sombrero campesino en la cabeza, manos morenas, arrugadas y fuertes, espera.
Su hija pelea, grita, se enoja, discute, dice groserías. Está enojada y frustrada y cansada de las responsabilidades que le han tocado.
De pronto, él me mira. Y me mira en serio. Una de esas miradas en las que no hay duda que la otra persona de verdad, de verdad, está mirándote.
Y así, sosteniendo la mirada, ignorando a su hija, empieza a contarme de su pueblo en Guanajuato. "Mi padre me dijo que nací el 22 de marzo de 1922..."
Tiene 94 años, ha perdido casi toda la memoria, pero recuerda bien cinco cosas: a su padre, a su pueblo, dos poemas, y la danza de "El Loco" con la que conoció a su esposa.
viernes, 9 de septiembre de 2016
Mi herencia
De mi padre, heredé la belleza.
No, no belleza física. Los dos tenemos narices grandes y ojos hundidos. Heredé belleza de esa que dura hasta después de que la cabeza se queda sin pelo, y las manos se arrugan más que pasitas para ponche navideño.
Mi papá me heredó música y poesía. Me heredó, desde que era una niñita de 5 años a Alberto Cortez, a Mercedes Sosa y a Cabral. Mi papá me sentó en sus rodillas para que escucháramos juntos las letras de Serrat. Así, niña, me pidió que cerrara los ojos, y que me imaginara al metro de la Ciudad de México desde una canción que lo describía como si fuera un extraño regalo:
"Cargando arriba y abajo
íntimos desconocidos,
amaneceres y ocasos
con dirección al olvido."
Cuando tenía 12, compró un aparato de sonido, y puso la novena sinfonía de Beethoven a todo volumen. Los dos nos sentamos en la sala, con tazas de té. Nunca me he sentido más feliz que esa tarde. Era como si de pronto alguien estuviera compartiéndome el secreto de la vida, aunque nunca haya terminado de comprenderlo.
Mi papá me heredó versos de Neruda y gotitas de sabiduría a las que vuelvo todavía de vez en cuando (no hay camino, se hace camino al andar). Me contó de las luchas en Argentina, y del origen de la fuerza de una Mercedes Sosa que canta como montaña. Crecí con un "gracias a la vida" en las entrañas.
Y cuando le dije que me iba a echar a volar, mi padre me escribió una carta corta y bella para recordarme que libertad era elegir aceptando las consecuencias de cada decisión. Su carta fue firme y tajante. Se aseguró, no obstante, de que la belleza me siguiera aún después de dejar el hogar: Cultivó un par de rosales y se aseguró de que llegar a mi nuevo hogar con una rosa fresca cada inicio de semana (te llegará una rosa cada día, que medie entre los dos una distancia...)
De mi padre, de mi bello padre, heredé la belleza de tomar alegrías, dolor y tristezas, y escribirlas en poemas en la orilla de barquitos de papel.
No, no belleza física. Los dos tenemos narices grandes y ojos hundidos. Heredé belleza de esa que dura hasta después de que la cabeza se queda sin pelo, y las manos se arrugan más que pasitas para ponche navideño.
Mi papá me heredó música y poesía. Me heredó, desde que era una niñita de 5 años a Alberto Cortez, a Mercedes Sosa y a Cabral. Mi papá me sentó en sus rodillas para que escucháramos juntos las letras de Serrat. Así, niña, me pidió que cerrara los ojos, y que me imaginara al metro de la Ciudad de México desde una canción que lo describía como si fuera un extraño regalo:
"Cargando arriba y abajo
íntimos desconocidos,
amaneceres y ocasos
con dirección al olvido."
Cuando tenía 12, compró un aparato de sonido, y puso la novena sinfonía de Beethoven a todo volumen. Los dos nos sentamos en la sala, con tazas de té. Nunca me he sentido más feliz que esa tarde. Era como si de pronto alguien estuviera compartiéndome el secreto de la vida, aunque nunca haya terminado de comprenderlo.
Mi papá me heredó versos de Neruda y gotitas de sabiduría a las que vuelvo todavía de vez en cuando (no hay camino, se hace camino al andar). Me contó de las luchas en Argentina, y del origen de la fuerza de una Mercedes Sosa que canta como montaña. Crecí con un "gracias a la vida" en las entrañas.
Y cuando le dije que me iba a echar a volar, mi padre me escribió una carta corta y bella para recordarme que libertad era elegir aceptando las consecuencias de cada decisión. Su carta fue firme y tajante. Se aseguró, no obstante, de que la belleza me siguiera aún después de dejar el hogar: Cultivó un par de rosales y se aseguró de que llegar a mi nuevo hogar con una rosa fresca cada inicio de semana (te llegará una rosa cada día, que medie entre los dos una distancia...)
De mi padre, de mi bello padre, heredé la belleza de tomar alegrías, dolor y tristezas, y escribirlas en poemas en la orilla de barquitos de papel.
jueves, 2 de octubre de 2014
Historias
Todos tienen una historia que vale la pena ser escuchada…
Incluso yo.
Hasta hace poco, mi vida era absolutamente perfecta: Una
familia unida, excelentes calificaciones en la escuela, un novio estable… Y de
repente, la tormenta.
Fue todo decisión mía. Supongo que sabía ya que me hacía
mucha falta. El punto es que de la noche a la mañana terminé con mi novio, me
alejé de los consejos de mis padres, y dejé de concentrarme en la escuela para
dedicarme en cuerpo y alma, a sentir y a vivir todo lo que hasta ahora no había
vivido.
Se desataron de golpe una serie de historias de amor, de
desamor y de aventura que llenaron los últimos tres meses del 2012 de zozobra,
intensidad y alegría.
Eric fue el primero.
Nos conocimos en clase de matemáticas. Él leía y yo pregunté
el título… “Bonjour tristesse”. Entre derivadas e integrales, nos las
ingeniábamos para cruzar un par de palabras. Él prometió enseñarme de filosofía,
y yo, ser su primer y mejor alumna.
domingo, 2 de diciembre de 2012
En mi casa
El saludo fue frío...
Ella entró por la puerta, con una taza sucia en la mano, y lo besó en la mejilla como si nada hubiera pasado.
Él la besó de vuelta, casi sin verla.
Intercambiaron unas tres frases de cortesía, y luego ella se fue, con la taza en la mano, sin mirar hacia atrás.
La historia que ocurrió en apenas dos minutos tiene, no obstante, mucho de haberse escrito.
Justo antes de entrar por la puerta, ella estaba en el piso de su cuarto, escuchando. Dejaba que, desde lejos, el sonido de su voz (la de él) la acariciara.
Justo antes de que él entrara a la casa, se había detenido en esa esquina pequeña y oscura que tantos secretos guardaba. Entre el barullo de la calle, imaginaba sus dedos largos (los de ella), y su pelo ensortijado y suave.
Un mes antes, a unos cuántos pasos de donde él se detenía ahora, una tormenta de palabras había pintado la banqueta de despedida. Que ella ya no le quería, que se hacían daño, que era tiempo de, después de tanto, separarse...
Desde ese día hasta el de hoy, ambos habían pasado ya por todas las fases: Dolor apabullante, total insensibilidad, tristeza profundísima, secreta y egoísta alegría... Todas a solas, todas sin la compañía de ese otro que, por cuatro años, había sido no otro, sino uno mismo. Faltaba sólo el saludo frío, que justo hoy, acababa de consumarse.
Ella entró por la puerta, con una taza sucia en la mano, y lo besó en la mejilla como si nada hubiera pasado.
Él la besó de vuelta, casi sin verla.
Intercambiaron unas tres frases de cortesía, y luego ella se fue, con la taza en la mano, sin mirar hacia atrás.
La historia que ocurrió en apenas dos minutos tiene, no obstante, mucho de haberse escrito.
Justo antes de entrar por la puerta, ella estaba en el piso de su cuarto, escuchando. Dejaba que, desde lejos, el sonido de su voz (la de él) la acariciara.
Justo antes de que él entrara a la casa, se había detenido en esa esquina pequeña y oscura que tantos secretos guardaba. Entre el barullo de la calle, imaginaba sus dedos largos (los de ella), y su pelo ensortijado y suave.
Un mes antes, a unos cuántos pasos de donde él se detenía ahora, una tormenta de palabras había pintado la banqueta de despedida. Que ella ya no le quería, que se hacían daño, que era tiempo de, después de tanto, separarse...
Desde ese día hasta el de hoy, ambos habían pasado ya por todas las fases: Dolor apabullante, total insensibilidad, tristeza profundísima, secreta y egoísta alegría... Todas a solas, todas sin la compañía de ese otro que, por cuatro años, había sido no otro, sino uno mismo. Faltaba sólo el saludo frío, que justo hoy, acababa de consumarse.
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