domingo, 9 de abril de 2017

Teoría General de mi relación con Mario

El método empleado es el de la experimentación directa. El aparato crítico está compuesto en su totalidad por fuentes primarias (todo el dolor, y la pasión, y la angustia, y la absurda felicidad, las experimenté en carne propia.)

Los supuestos iniciales son los de las historias de siempre: Un chico y una chica que se conocen, en alguna de las irrelevantes formas en las que un par de personas pueden conocerse. El amor, que en este caso no fue a primera vista, nació como producto de una pasión carnal. Nació, sin dudarlo, del deseo.

La embriaguez (en ella de libertad, y en él de alcohol) los llevó a un beso. En instantes, el beso se volvió frenesí de cuerpos. Ambos, atados ya por el conjuro de la clase de filosofía, estaban condenados a empezar una relación con un ser roto, cuyas astillas encajaran perfectamente en las hendiduras del otro.

Tras el primer choque, existieron los naturales “sólo como amigos”, “no podré verte igual”… Y, entre estas frases, el coqueteo sutil de quien no cree lo que dice, y quiere probar más. Pasó menos de un mes para que, en una escapada, en lo alto de una fortaleza, acordaran iniciar la relación. Qué poco sabían entonces de las murallas y corazas que cada uno escondía en su interior.

Y entonces empezó el juego de sube y baja. Las altas, que fueron muchas, fueron puntos luminosos de amor, locura y alegría. Las bajas empezaron tarde y suaves, y acabaron siendo terriblemente profundas: Una noche, un insulto. Otra noche y gritos. Una noche más y un intento de suicidio. Golpes, llanto, él de rodillas, ella, perdida, insensible, porque sentir era derrumbarse. El desgarro inicial se volvió abismo.

La ambición de control en ella encontró a su compañero perfecto en la habilidad para manipular de él. Encajaban, en la forma más perversa y dañina posible. Y no sabían ya escapar el uno del otro. A la historia entraron (invitados por ambos) innumerables actores, de todo tipo. La invitación la escucharon también los monstruos que él había tenido siempre cautivos. Y salieron para hacer de sus mundos, infiernos.

Cuando la situación fue insoportable, terminaron, y luego volvieron. El punto de quiebre se dio muchas veces. Los cierres, los adioses, los te quieros, se pronunciaron hasta en el silencio. Inventaron cien justificaciones diferentes, cien modos distintos, de reencontrarse…

Hasta que un día, ella aprendió una nueva palabra, y se dio cuenta de que describía este juego perfectamente: Violencia.

En la experimentación directa, investigadora y sujeto de estudio salieron casi destruidos. Después de tres años, quedaban sólo pedazos de lo que fueron. A distancia, se reconstruyen, cada uno a su modo. Siguen (al menos ella) sin poder sacar conclusiones.

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