martes, 3 de mayo de 2016

Wounds

Tengo, a mis 23 años, una buena y variada colección de heridas.

He descubierto, con el tiempo, que se entrecruzan por debajo de la superficie de mi piel, aún si a simple vista parecieran heridas separadas.

Y entonces, cuando estoy en el trabajo, y hay 3 personas distintas pidiendo mi atención, y mis dos manos no bastan para ayudarlos a todos, se abre, a lado, una herida distinta, más profunda, más dolorosa, y muchas veces tan olvidada que ni la reconozco.

Deslizarme, después de eso, en una mezcla de melancolía y ansiedad, es sencillo.

Dos canciones, una mordida a la manzana dulce que compré ayer, y 30 minutos caminando en el bosquecito que encontré cerca del trabajo. Eso basta. Sólo eso basta para estar de nuevo sumergida en un mar de tristeza, en un mar de dudas... En un mar que, últimamente, me parece dulce y cómodo y plácido y amable. Un mar que, con todo y eso, es doloroso y da miedo.

(There's a reason why most people avoid deep relationships: It is easier to drown once you're 30 feet down)

La mayor parte del tiempo, nado en mi dolor con la cabeza afuera. Respiro amor y alegría y esperanza una vez cada tres latidos del corazón. Me he vuelto experta en descender hasta lo más profundo del dolor, y salir con una broma ligera, o un comentario sin sentido, o alguna tontería inesperada, a llenar mis ojos de luz.

Pero a veces no salgo. A veces me atrapan las ramas en el fondo del lago, o mis piernas dejan de empujarme hacia arriba como deberían. Y me ahogo. Me ahogo hasta quedar inconsciente y aflojar mi cuerpo, y subir de nuevo, no sé bien cómo, y sin sentirlo, a la superficie.

Insensible, entumida. dormida, salgo del dolor para vivir de nuevo en la dulce superficie de la vida.

(Give me the burden, give me the blame, how many Holy Mary's is it going to take?)