jueves, 5 de diciembre de 2013

Cobija azul

Anoche dormí envuelta en la misma cobija con la que me envolvías después de hacer el amor. ("Tengo frío", "Espera", y al instante siguiente, yo era un taquito azul y feliz sobre tu cama).

La cobija era la misma con la que te cubriste por completo sólo para informarme, con la voz apagada, que eras una bolita de infinita tristeza. Era también la misma que amortiguó la fuerza de tus nudillos contra mis costillas la noche en la que enloqueciste y quisiste obligarme a escapar.

Fue el pliego petitorio desde el que intentaste convencerme de que era mejor que te rindieras en plena batalla, y la última de nuestras trincheras en la pelea por salvarnos (era siempre el idioma de los cuerpos el que nos reconciliaba.)


Cuando desperté hoy, mirando la luz de la ventana en los patrones claro-oscuros sobre la almohada, busqué, por costumbre, hundirme en el calor de tus brazos, pero no estabas.
Abrí bien los ojos y miré a tu lado de la cama, buscando la fuerza de tu hombro, o lo revuelto de tu cabello ondulado, pero no estabas.

Nos recordé entonces solos.

Recordé, de golpe, no sólo a ti, pícaro, haciendo una tienda de campaña con la misma cobija azul e invitándome desde adentro a jugar cual niños. Te recordé también frío, indiferente, dándome la espalda mientras yo lloraba. A mí, herida e hiriente, temerosa, arrinconada casi bajo la cama. Nos recordé decidiendo, envueltos ambos en la misma manta, que era tiempo de separarnos. Recordé el último beso, y el silencio helado, y las largas y tristes miradas.
Ah, hombre, qué duro será para ti despertar cada día en tu cuarto ("Nuestro cuarto, nuestra cama", dijiste alguna vez.) Qué duro será encontrarte no sólo con la cobija azul, sino con la silla que era siempre para mí, las paredes verdes que llenaste alguna vez con mis fotos, el techo que mirábamos antes de dormir, la mancha de salsa que dejé en la alfombra, el cajón vacío de mis cosas y de mí, el sillón donde me enroscaba para dormir, mi cabello largo en tu almohada... y en cada esquina, mi risa o la tuya, o el llanto de ambos, y los gritos, y las súplicas, y la interminable lista de promesas que rompimos una por una... Las paredes hablan.

Yo, por suerte, terminé de despertar hoy para notar que estaba en otra cama, en otro cuarto, y con mi mejor amiga a una puerta de distancia. Tú despertaste también en otra cama, en otro cuarto, con tu madre y tu hermana en la misma casa.

¿Qué harás cuando vuelvas a despertar en esa recámara? ¿Qué haré cuando vuelva a ser yo la que esté a una puerta de distancia?