miércoles, 16 de mayo de 2012

El efecto...

Cuando te vi por primera vez, ni siquiera voltee a mirar de nuevo. Nada de tu rostro, o de tus manos, o del perfecto espacio entre tus oídos y tus labios, nada, absolutamente nada, me previno contra ese efecto que, me enteré después, tienes en cada hombre que se atreve a mirarte.
Ese día, después de comer frente a ti sin voltear a verte, volví a casa, leí a Kant, resolví unas cuantas gráficas, y dormí sin la más ligera sospecha de que, lentamente, me envolvías en tus redes.
No volví a pensarte hasta que una chica, sin previo aviso, me contó de ti...
Que eras lista, que leías bastante, que reías a menudo y que, por alguna extraña coincidencia, estabas sola, igual que yo.
Empecé a buscarte por los pasillos de la escuela. Me enteré que llevabas Problemas con la prima de una amiga, y que comías dos tardes sí y tres no en la fondita de la esquina.
Empecé a soñarte.
Sin que supiera cómo, tu voz reemplazó a mis cd's de Nirvana, y el mapa de las pecas en tus mejillas a mi libro de integrales y derivadas. De la nada me hice amigo de la prima de mi amiga, y de la dueña de la fondita. Te escribí tres poemas, que acabaron todos en la basura porque no los sentía a tu altura...
Ayer volví a verte.
Llevabas lacio el cabello negro, rojos los labios y soñadora la mirada. Te pusiste un poco de perfume y una sonrisa que le hacía juego a tu piel color avellana.
Caminé hacia ti lenta, muy lentamente.
Me saludaste, y me dejaste poner mis labios en tu mejilla.
Te acordabas de mi nombre, y yo no podía dejar de mirarte.
Bailamos, tú te veías adorable.
Enloquecí. Quise besarte.
Pusiste tu mano en mi mejilla, y me hablaste al oído muy suavemente...

Y así, después de tres palabras, te fuiste.
Yo me quedé al centro de la pista, envuelto en tu aroma, y más solo que nunca.

Mañana, sí, mañana volveré a buscarte.